3.4.21

Crónica de hace doce meses atrás



4 de abril de 2020
Aún se nota ese efecto pegajoso del alcohol sobre el reloj, por lo que dejo más tiempo a que se evapore. Las autoridades han decretado un cese total de movimientos con excepciones muy limitadas, lo que se ha dado en llamar "confinamiento". Los partes de guerra describiendo el avance sin tregua de la pandemia se suceden por todo el mundo. Los ciudadanos se pasan el tiempo escuchando las noticias por la radio, pegados a la televisión, o navegando angustiosamente por Internet en busca de algún dato esperanzador. Trump asegura que Estados Unidos no superará las doscientas mil víctimas, y que si ese número fuese más allá - cosa poco probable, asegura -, sería una auténtica catástrofe. Veremos si sus "profecías" de loco de pabellón de alta seguridad en psiquiatría se cumplen (1).

Según los expertos en salud, lo único que tenemos para protegernos es "el lavado constante de manos", la distancia "de seguridad", y desinfectar objetos con lejía o alcohol. Esas recomendaciones se convierten en un mantra. Me dice una chica que cuida a un anciano que el señor está tan obsesionado que, aunque no sale de casa, no deja de lavarse las manos con jabón, desesperado. Tiene el lavabo con una gruesa costra de jabón reseco de los restos que le caen por aplicarse tanto jabón, que le cuesta un mundo luego retirar. Las mascarillas, aseguran desde la OMS, no son necesarias. "Tranquilidad", nos dicen, "el virus no se transmite por el aire". Al parecer no hay prueba científica de que el virus sea capaz de "moverse" en suspensión, lo que se conoce como contagio por aerosoles(2). Sólo lo hace por superficies, donde puede estar latente "durante días". Esa duración es incierta: pueden ser días, semanas... Otros hablan de meses. En la tele una enfermera nos enseña entonces cómo desinfectar con lejía los pasamanos, los interruptores de la luz, y las manecillas de las puertas. Es el caos absoluto. Y yo sin lejía. Me queda solo media botella de la que uso para fregar el suelo.




Un señor me dice que acaba de llegar un camión al supermercado y que han repuesto existencias. Él viene sobrecargado con un carrito hasta los topes. Una chica, que le ve desde la terraza, se compadece de él y acude en su ayuda. Se cubre la boca con una pañoleta. Pero si las mascarillas son innecesarias, dicen los expertos, ¿qué hace?

Tengo que aprovechar, entonces. Al supermercado sí se puede ir, es uno de los pocos sitios a los que puedes acudir "sin justificante". Claro que si la policía te para y te revisan la compra, y consideran que has salido más "por dar un paseo", te pueden multar. Ya ha habido varios casos similares. Pero, ¿qué es lo que se considera una compra necesaria de alimentos? ¿Quién pone ese límite? ¿Si voy por una botella de lejía es una compra innecesaria? ¡Pero si es para desinfectar las manecillas de las puertas! ¿Eso no es importante? ¿Y si compro quince botellas, entonces?


Las ciudades desiertas, escena habitual durante los largos meses de confinamiento.


Me informo. Entonces descubro que nadie lo sabe. Es según tenga el día el agente de la autoridad. Si está de buen humor o le caes bien, puedes ir por ahí con un blíster de mortadela y lo considerará "una compra necesaria". Otros aunque salgan con un carrito hasta reventar pueden considerar que sin cacao soluble puedes pasar. En fin, habrá que arriesgarse. Lo mejor será hacer como en la época franquista: huir de "los grises"(3). Si veo un coche de policía a lo lejos, trataré de refugiarme en cualquier esquina como un vulgar delincuente con mi botella de lejía "de contrabando".

No llevo teléfono móvil, solo las llaves y lo imprescindible. Dicen que mejor no se pague en metálico. Por desgracia yo debo ser de esos últimos marginados que no se fían de los bancos, ¡con la buena gente que son! ¿¡Pero, cómo!? ¿¡Cómo no fiarse de los bancos!? ¡Si les hemos regalado miles de millones en la Sareb(4), ¿cómo no fiarse de ellos?!



No pasa nada. El dinero del monedero lo guardaré bajo siete llaves cuando regrese, y me olvidaré de ello para el resto de mis días. Jamás volveré a tocarlo. En cientos de años supongo que el virus morirá. ¿O no? ¿O sí? Creo haber oído a algún científico chiflado de estos no se qué de cobre... Que las monedas de cobre son inmunes al virus. ¡Coño, las monedas, pero no yo! En fin. Habrá que pagarlo todo con monedas de céntimo. No tengo suficientes. Bueno dá igual. Vamos allá.

¡Un momento! ¡El reloj! ¡Mierda! Sin móvil, sin posibilidad de mirar a nadie a los ojos, y escondiéndome bajo las cornisas caminando como un vulgar ratero para que no me vea la pasma, un reloj es primordial. ¿Pero cual? No puedo ponerme el enorme trasto que llevo todos los días, ¡se llenaría de virus! El Casio F-201 es la mejor alternativa. ¡Pero no es resistente al agua! Necesito un reloj como ese, pero resistente al agua, porque si no puedo enjabonarlo estamos apañados. En sitios especializados aseguran que lo mejor es un reloj integramente hecho de metal, ¡a buenas horas! ¡Eso se dice antes! En fin, voy a por el F-201, y luego lo llenaré de alcohol o lo meteré bajo mi propia cuenta y riesgo bajo el grifo, ya veré qué hago.


Collage hecho con las fotos de médicos y enfermeras fallecidos por la pandemia. Ellos se enfrentaron al virus en las peores condiciones, y en los peores momentos.


Llego al supermercado con la impresión de haber superado una osadía. Nadie se mira entre sí, pero el resto de personas que allí estamos nos sentimos parte de una casta especial de individuos: los que han salido de casa, se han enfrentado al virus nada menos (no puedo sacar de mi cabeza esas horrendas imágenes con el virus inundando las calles), y aún más difícil: no han sido detenidos, interrogados y multados por las fuerzas del orden. Somos unos héroes, eso es innegable.

Allí nadie tose. Ni se le ocurra a ninguno, te mirarían raro, se apartarían de ti, y quizá te lleven a uno de esos centros de refugiados que, cuales campo de exterminio, Pedro Sánchez amenaza con abrir. De hecho, se contiene hasta la respiración. El pulso se me acelera. Esto es muy fuerte.


La pandemia ha llevado la muerte y el dolor a todos los rincones del planeta.


Quizá por deformación profesional, busco con mi mirada los brazos de la gente. Si llevan reloj, todos lo tienen bien cubierto por las mangas. Lógico, como yo. Seguramente cuando lleguen a casa quemarán esa ropa. Yo no puedo hacerlo... ¡Qué estúpido! ¡El riesgo que estoy corriendo! Bueno... A lo mío. Sigo caminando por los pasillos en completo silencio. Aquello es un caos. Parece zona de guerra y las estanterías tienen el aspecto más parecido a haber sido vandalizadas. Nadie saca el móvil, lo cual es obvio: es un riesgo muy grande, y el móvil ni puede desinfectarse, ni quemarse. Bueno, sí puede quemarse, pero supongo que la mayoría no lo arrojarán al fuego como sus ropas.

También observo las manos. Hay clientes con guantes, otros sin ellos... Aquello es un despiporre. Una voz surge entonces en mi cabeza, tiene el tono de uno de esos expertos que a millones han surgido como las setas, o quizá es que así suene la voz de mi conciencia, o sea la de algún policía "en el cometido de su deber", a estas alturas ya no sé ni lo que es cierto o falso. Bueno, como sea. La voz con tono de Fernando Simón me repite: "los guantes tampoco son necesarios; como las mascarillas, pueden dar falsa sensación de seguridad y contagiarte más". Yo no tenía ni idea que el virus pudiera detectar "las falsas sensaciones de seguridad". Parece ser que sí. Coño, qué virus más listo. Vaya tela. Así que el virus huele tu miedo. Como los perros. ¡Madre mía, no sé cómo vamos a salir de esta! Sea como fuere, yo voy sin guantes, así, "a pelo". Un valiente o un pirado. La frontera entre los héroes y los insensatos es muy fina.

Pasillo de droguería. Por fin. Y entonces... "¿Lejía? ¡Ni se la ve ni se la espera!". ¡Cielos! ¿¡Esto qué es!? ¡Ni una botella! ¿Qué hago ahora? ¿Cojo un bote de detergente para disimular ante la policía? Seguro que el madero me dice que no es un bien de primera necesidad. Pues nada, a volver como un derrotado de la guerra. Si no volvéis a saber de mí decidle al mundo que morí con las botas puestas.


Hombres cavando tumbas en el cementerio Valle de Chalco, durante la nueva ola de contagios, en las afueras de la Ciudad de México el 31 de marzo de 2021.


Notas:
1. A fecha de abril de 2021, Estados Unidos lleva contabilizadas 553 mil muertes por coronavirus. Trump minusvaloró trágicamente, por tanto, el alcance de la pandemia y sus efectos.

2. En la actualidad ya se conoce que la vía aérea, por aerosoles, es la principal vía de contagio de la COVID-19. La causa principal de que al principio no se la tuviera en cuenta fue probablemente la alarmante escasez de mascarillas. Asimismo, la distancia de 2 metros como medida de prevención también se ha mostrado notoriamente obsoleta. Sin embargo, por presiones políticas - del partido Ciudadanos -, en España se redujo esa distancia absurdamente al metro y medio, porque los políticos del partido naranja no querían tener a las personas tan alejadas unas de otras. Una razón, como puede verse, "muy científica".

3. "Los grises" se denominaba a la policía del régimen, debido a su atuendo de ese color. Luego pasaría a ser, con la Transición, la actual Policía Nacional.

4. Sareb es "el banco malo" que absorbió bienes inmuebles y deudas adquiridas por la banca privada en España, con el dinero de todos los españoles (que jamás han devuelto). Con Jaime Echegoyen como CEO del mismo, actualmente poseen miles de propiedades y viviendas vacías, cuyo mantenimiento cuenta a cargo de cada español, y posee más de 176.000 millones de euros en activos tóxicos, 304.000 millones en créditos, y una suma añadida de 35.000 millones a las cuentas públicas que cada ciudadano en España deberá pagarles por el llamado "rescate bancario". El montante total de las cifras es tan mareante y de tal magnitud, que nadie es capaz de aglutinar a ciencia cierta todo el dinero público que se han llevado los bancos.

| Redacción y preparación: esRevistas

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